PLAN PASTORAL

Don Amadeo:

III VIVIR EN COMUNIÓN HACE CREÍBLE EL EVANGELIO

 Jesús nunca estuvo solo

Puestos de relieve estos preámbulos que nos ayudan a interpretar todo lo que nos vamos a encontrar, a partir de ahora me quiero centrar en la comunión eclesial, que tan imprescindible es como cimiento de toda la construcción y presentación del misterio de Cristo. «Que todos sean uno para que el mundo crea» (Jn 17,21).

El Evangelio solo es creíble si sus testigos saben vivir la unidad, la comunión. Pero es importante empezar recordando que el punto de reunión interior de la Iglesia es Cristo. Jesucristo nunca está solo; es «uno con el Padre» ( Jn 10,30) y vino a reunir en la Iglesia «a los que estaban dispersos» ( Jn 11,52; Mt 12,30). La Iglesia es comunión por designio divino.

Como ya hemos recordado, se puede decir que la Iglesia está estructurada en su comunión a imagen y semejanza de la comunión trinitaria. Del mismo modo que en la Trinidad el amor es distinción de personas y superación de lo distinto en la unidad del misterio, así también en la Iglesia, la variedad de personas y dones tiene que converger en la unidad del pueblo de Dios.

La Iglesia, santa y a la vez pecadora, lleva en sus entrañas los signos de un encuentro inaudito entre el mundo del Espíritu y el mundo de los hombres. Por eso, su primera misión es hacer presente en todo tiempo y frente a todas las situaciones el encuentro de Dios con los hombres, tal y como lo realizó Jesucristo encarnado.

La Iglesia, casa y escuela de comunión

La comunión eclesial es el lugar del encuentro entre la historia trinitaria y la historia humana, lugar en el que la una pasa continuamente a la otra para transformarla y vivificarla, y donde la historia de este mundo se dirige a un cumplimiento en Dios. Por eso, vivir en comunión, realizar nuestra misión en comunión no es algo opcional, es una experiencia fundamental que marca nuestra vida cristiana en una espiritualidad muy concreta, la de comunión.

El Papa San Juan Pablo II nos lo recordaba cuando nos invitaba a renovar nuestra acción pastoral para el nuevo milenio y nos invitaba a hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. Nos lo propuso como un gran desafío, si de verdad queríamos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.

De un modo bello y concreto nos marcaba la ruta en la que nosotros hemos de caminar a lo largo de estos cuatro años de aplicación del Plan de Acción Pastoral: «Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.

Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como «uno que me pertenece», para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.

Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber «dar espacio» al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento».

 El Sacramento del Pan eucarístico realiza la unidad de los creyentes

Pues bien, hemos de dejar que la espiritualidad de comunión, que es un don del Espíritu a la Iglesia, impregne nuestra vida, se instale en nuestro corazón y se convierta en experiencia comunitaria. Para eso os propongo no olvidar que cada día tenemos un gran regalo para fortalecer la comunión, que no es otro que la Eucaristía. «La especial intimidad que se da en la “comunión” eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial. La Eucaristía es fuente de la unidad eclesial y, a la vez, su máxima manifestación.

La Eucaristía es epifanía de comunión”. La Eucaristía es el sacramento de la unidad. «El Sacramento del pan eucarístico significa y al mismo tiempo realiza la unidad de los creyentes, que forman un solo cuerpo en Cristo.

Al compartir el cuerpo partido del Señor, sucede esta maravilla: en lugar de dividirse, Jesucristo reúne en un solo cuerpo a todos los que lo reciben. Se puede decir que la Eucaristía es constitutiva del ser y del actuar de la Iglesia. «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión con la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión con el Cuerpo de Cristo? Pues si el pan es uno solo y todos participamos de ese único pan, todos formamos un solo cuerpo» (1 Cor 10,17). En efecto, en la celebración de la Eucaristía cada fiel se encuentra en su Iglesia, es decir en la Iglesia de Cristo.

 Animar el carácter eucarístico de las relaciones humanas

La unidad eucarística fue una experiencia fortísima en los orígenes de la Iglesia: la comunidad cristiana sentía que la «fracción del Pan» la reunía (Hch 2,41s) y hacía de los cristianos un solo corazón y una sola alma. En torno al altar, la comunidad se veía como un solo pan formado por muchos granos de trigo, antes repartidos por los campos (Didajé, 9,4).

La comunidad cristiana que se reúne en torno al Cuerpo Eucarístico y participa de «un solo pan», se va configurando en la «espiritualidad de comunión».                                                                                                  Eso significa y tiene como consecuencia que el cristiano ha de asumir la responsabilidad de restablecer la unidad de la mesa del Señor allí donde se haya malogrado; ha de poner servicio entre los comensales allí donde haya desigualdades; ha de abrir nuevos espacios en los que se puedan sentar, los que miran desespera­dos en su indigencia, la abundancia del bienestar de los que participan del banquete.

La Eucaristía es, en efecto, un banquete de fraternidad. También en su entorno humano y social, los cristianos están llamados, por su propia impronta espiritual, a animar el carácter «eucarístico» de las relaciones humanas: han de ser animadores de unidad, de concordia, de paz, de igualdad, de justicia, de respeto a la dignidad de la persona…

 

 

 

 

Peregrinación diocesana de Jaén a Roma 2017