JUAN PASQUAU

UN HOMBRE LLAMADO JUAN

Impresiona oír la voz tonante de Juan Bautista en este tiempo de Adviento. Impresiona y asusta porque, aún sabiendo que hemos dejado  el cristianismo a punto de caramelo, se atreve todavía a hablarnos de austeridad, de penitencia, de caminos y valles que hay que rellenar.

Siempre me ha desconcertado la figura frágil y a la vez recia de este hombre recalcitrante, obstinado, alimentado de raíces y miel silvestre, capaz de hablar a los poderosos de su tiempo sin que se le trabe la lengua.

Conozco a Juan desde niño. Con su pelo revuelto, su zurrón en bandolera y su arpillera, podría pasar hoy por uno de esos jóvenes que han perdido voluntariamente el paraíso para llorar con Job la dicha de haber nacido. La verdad es que las apariencias engañan, pues nada hay más opuesto a la responsabilidad de un profeta que las formas de rebelión con las que algunos adolescentes pretenden pasar por “enviados”.

Juan llega cada año, puntual, en el otoño, cuando los pájaros se han ido, cuando la fiesta de Navidad enciende las primeras luces de esperanza en el alma. A juan no le gusta como andan las cosas aquí abajo. Él es el típico inconformista, que prefiere derribar los árboles a golpe de hacha. Seguro de sí mismo, sube del desierto gritando, increpando con una palabra dura como el pedernal, pero capaz de hacer luz en el fondo de sus interlocutores.

Lo curioso de Juan es que, aún sin proponérselo, anuncia siempre un Dios a la medida de nuestra esperanza. Por eso no debiéramos de escandalizarnos ni aturdirnos de la altivez t sinceridad de su lenguaje. Estoy seguro que hoy, en pleno siglo XX, él no sabría predicar de otro modo. El no es un diplomático que oculta la dureza del mensaje entre genuflexiones y pliegues de sonrisa.

            Juan es, ante todo, un profeta, un hombre libre. Lo arriesga todo: su libertad, su prestigio, la propia vida, por mantenerse fiel al que lo envía. Sabe que su oficio es éste, trabajar a fondo perdido, disminuir para que Él crezca, pasar desapercibido. Juan es el símbolo de un cristianismo recio y difícil, sobrecogedor e impopular. Quizá un poco extremista, demasiado claro, demasiado intransigente. Sin embargo Juan no es u  resentido. No tiene nada que perder. A él se le ha colocado sólo delante como la voz que anuncia, al que ha de venir. Esa es su responsabilidad, su tremendo papel, mantenerse en la vanguardia, dar testimonio, aunque ello le cueste un  día la cabeza.

Si Juan volviese hay a la tierra empezaría de nuevo arreando con todo nuestro confort, con nuestra comodidad, con nuestro empinado orgullo. Porque si algo hay que obstaculice la penetración de Dios en nosotros es precisamente la seguridad con que el hombre de hoy se ha rodeado en la tierra. Ellas constituye la peor barrera, la más escabrosa montaña para el paso de la esperanza. Por eso nos hace falta otra vez la palabra valiente y áspera de un profeta. Hace falta que Juan baje hasta el fondo de nuestra alma dormida, que empiece a gritar, a abrir brechas, a nuestra seguridad individual para darnos cuenta hasta qué punto estamos necesitados de Él.

Adviento es el tiempo que la Iglesia dedica a la esperanza. El mundo sigue jugándose también sus esperanzas: Que acaben de una vez los ajustes de cuentas entre judíos y árabes; que la guerra se jubile en una paz honrosa; que la voz del Bautista, que es la de la Iglesia, no se pierda más en el desierto de las disputas y bandos de los cristianos… Sobre las aguas del Jordán ha caído la tarde incendiándolo todo. Los ojos tristes y lejanos de un profeta se han parado, interrogantes en el tiempo. Pero su voz continua llegando hasta nosotros cada año como un rio  impetuoso e invasor.

Juan Pasquau.- ABC 17-12-1968

La Parroquia San Juan Bautista, se une con este artículo al homenaje dedicado a D. Juan Pasquau, ilustre feligrés y ejemplar cristiano con motivo del Centenario de su nacimiento, en el día de su onomástica.

 

 

DIOS Y    EL VERANO

 

 

El verano deja huecos dentro de nosotros mismos, pero parece indudable que no hay que conservar con mimo esos huecos. Por definición, el cristiano no puede quedarse vacío. Pues bien, la aspiración de muchas personas es llenar el vacío que deja el descanso de los descansos habituales, con otro vacío. Porque están los vacíos y las … vaciedades. Las vaciedades son esas diversiones (?) estereotipadas , convencionales, tópicas, con que muchos llenan – llenamos – el tiempo libre…

Tiempo libre.  Es estupendo. Todo el mundo necesita de la libertad de una temporada de vacaciones. En ese par de semanas, o en ese mes, tenemos la ocasión del descanso. Pero el descanso, cuando es nada más descanso termina, por cansar.  Y aburre.  Entonces, vienen las diversiones. Hay que aceptarlas, e incluso hay que buscarlas para diafanizar el ánimo, para abrir perspectivas nuevas al pensamiento, para ( como se dice) relajarse.

Sin embargo, en las diversiones, también hay… clases. Están las constituidas a base -como dejamos dicho- de banalidades, y están las que promueven la auténtica alegría. La alegría -para que tenga tipo genuino- necesita de no pocas condiciones. Porque no consiste en el simple gozo o en el placer. Para que salte de verdad dentro, hay que dar parte al espíritu. Si la alegría no tiene esta nobleza de comunicarse con Dios, es mustia, se seca al instante, es flor de un día.

Verano para descansar y para divertirse. Verano para el ocio, pero para el ocio fecundo. Verano para solaz del músculo, para la familiarización con la brisa y el sol, con la naturaleza, con el campo, con el mar. Y también para en los huecos, buscarle a El. Y encontrarle. Es sorprendente. el está en nuestras penas, está en nuestros júbilos, está en nuestro trabajo y está en nuestros huecos… Por eso, en el auténtico cristiano, no son posibles los vacíos.

Además hay algo, desde nuestro punto de vista, de verdad muy importante. es posible que el regalo del verano, fomente en muchos la frivolidad. Y además de la frivolidad, que disipa y desconcentra; además, digo, el egoísmo, que hermetiza y mal concentra.  Dos equivocaciones morales, dos errores de trascendencia. Sirven de campo de cultivo para incontables errores más.

Dios está también en el verano. Y el hermano que necesita de vuestra ayuda. Hay muchos prójimos así – que por supuesto no preparan las maletas para Torremolinos, Benidorm, San Sebastián o La Coruña – que pueden representar una acusación para el cristiano. No podemos olvidarlo. Hay cristianos  – pocos o muchos, yo no sé- que cierran con llave su cristianismo a primeros de julio… hasta mediados de septiembre. No, no; ni hablar. No puede ser, por muchos subterfugios que busquemos para engañar y engañarnos. Un cristiano no puede ponerse el cartelito de “cerrado por vacaciones”.

 

JUAN   PASQUAU     Agosto ¿1974?